Quién Soy

No debía tener más de ocho años. Mis padres, dedicados desde siempre a acompañar y enseñar a otras personas, trataban de ayudarme a relacionarme con los dolores de cabeza recurrentes que tenía con frecuencia. Me explicaban, transmitiéndome calma y tranquilidad, que mi actitud, mis pensamientos y acciones iban a influir en que el dolor fuera más o menos intenso. Como a todos los niños, no me gustaba sentir dolor. Pero las palabras de mis padres no eran suficiente para que llegase a entender qué era lo que me querían decir.

Por ello, mi padre ideó un ejercicio para mí. Tras sentarme con él, me pedía que cerrara los ojos y comenzaba a explorar lo que sentía, cómo se encontraba mi cuerpo y cómo era el dolor de cabeza. Era entonces, cuando había localizado y entendido cómo era mi dolor, debía imaginar una escalera con diez escalones. La escala del dolor. No voy a negar que era un poco exagerado, por lo que siempre comenzaba en el décimo escalón. Era entonces cuando mi padre me indicaba con cariño que fuera bajando uno por uno los escalones. Sin prisa, a mi ritmo.

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Y pronto descubrí que no necesitaba llegar al último peldaño, pues aprendí a relacionarme con el dolor de un modo algo distinto al que estamos acostumbrados, con lo que conseguí que disminuyera y terminara siendo nada más que esto que lees: Una anécdota.

Con el tiempo, interioricé este y muchos otros ejercicios que me enseñaban mis padres, pero únicamente los ponía en práctica conmigo mismo, hasta que un día por la tarde, mi compañera Sara me dijo en voz baja que le dolía mucho la cabeza y la tripa. Inmediatamente recordé el ejercicio de la escalera y empecé a enseñarle la visualización en voz baja, para que no nos escuchara el profesor. Debo decir que lo consiguió mucho más rápido que yo y pronto, el dolor se pasó por completo.

La sensación de haber podido ayudar a otra persona con sus problemas y la pasión con la que Sara me dio las gracias en esa ocasión, me hicieron sentir eufórico y agradecido al mismo tiempo, alimentando mi pasión por la Psicología y por poder ayudar a otros.

Inspiraciones

Mis Valores

Una vez leí que los valores de una persona son como sus huellas dactilares: Son diferentes para cada uno y las dejas impresas en todo lo que haces. En un trabajo como el mío, en el que conectas más allá de las palabras, no concibo un método de trabajo que no vaya acorde a mis valores.

Cuando comienzo una terapia establezco un contrato emocional con la persona que se sienta frente a mí. Sin presión, sin juzgar, sin dirigir. Sólo escuchando desde la comprensión, con ánimo de acompañarle en el camino que empieza y sabiendo que, como todo ser humano, posee el potencial de convertirse en la mejor versión de sí mismo.

Pasión

La pasión es energía. Siente el poder que nace de hacer aquello que te entusiasma.

Compromiso

El compromiso es
aquello que transforma una promesa en una realidad.

Aceptación

La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar.

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Pequeños cambios para grandes resultados

De la misma manera que una oruga no es una mariposa sino que tiene el potencial para convertirse en una, todos tenemos el potencial de convertirnos en todo lo que podemos ser, la mejor versión de nosotros mismos. Sea lo que sea que necesites, estoy aquí para acompañarte en tu camino y ayudarte a sacar a la luz todo lo valioso que hay en tu interior.